Un lugar de la Mancha, cuyo nombre recuerdo. Ocaña. 3
- Leopoldo García-Alas Ureña

- 4 nov 2020
- 3 min de lectura
Actualizado: 21 nov 2020
OCAÑA, LA GRAN DECEPCIÓN

Como continuación al artículo anterior, OCAÑA, 2000 VIVIENDAS, hoy trataremos de analizar lo que ha supuesto para la histórica Villa aquella fiebre del ladrillo y lo que ha significado para cientos de ciudadanos aquella desgraciada aventura inmobiliaria, que ha hipotecado la vida de ciudadanos ilusionados y esperanzados en vivir un futuro aligerado de problemas y pródigo en nuevas oportunidades.
Cuando estalló la burbuja inmobiliaria, cientos de particulares ya habían adquirido inmuebles, hipotecando su vida para los próximos veinte o treinta años. De pronto se encontraron con bloques, construidos o a medio construir, abandonados a su suerte por las entidades bancarias que habían concedido préstamos a promotores y constructores que salieron de estampida, incluso dejando las oficinas de compraventa sin recoger ordenadores, ni archivos. Algunos desaparecieron de la noche a la mañana.
Muchos particulares se encontraron con pisos ubicados en zonas sin urbanizar, sin haberse constituido la comunidad de propietarios y por tanto, sin que nadie se hiciese cargo del funcionamiento de ascensores y demás servicios comunitarios. A veces fue el ímprobo trabajo de los administradores de fincas los que tuvieron hacer auténticos esfuerzos para tratar de hacer viables el funcionamiento de pequeñas comunidades de vecinos.
Bloques de viviendas fantasmagóricos y sus propietarios indefensos ante lo que se les venía encima. Y por si no fuese poco, muchos descubrieron que Ocaña no estaba a veinte minutos de Madrid, ni de Toledo, carecía de trenes de cercanía, ni de AVE, ni universidad, ni parque empresarial, ni una industria puntera, ni centenares de puestos de trabajo…
Y todo se les vino abajo a propietarios que no podían hacer frente a sus hipotecas, desahucios, resolución de hipotecas y préstamos, porque nada de lo que se les ofreció era real. Algunos constructores, promotores, agencias inmobiliarias, contratistas, subcontratistas y requetesubcontratistas, y muchos compradores pecaron de ingenuos, confiados y cándidos.
La bajada del valor de las viviendas se estableció entre el 50 y 60% en el mejor de los casos y los precios de alquiler cayeron hasta valores que no daban para pagar la limpieza de las escaleras. Se anunciaron alquileres de 150 y 200 euros mensuales.

Y para que la situación se agravase hasta niveles inimaginables, pronto se extendió la voz de que Ocaña era el paraíso de los okupas, registrándose la llegada de muchos de ellos procedentes principalmente de barrios marginales de la periferia de Madrid, entro otros sitios.
Se dio la paradoja que la picaresca también se dio cita en este estallido del ladrillo y algunos okupas se establecieron como “empresarios” y alquilaban a bajo precio viviendas tomadas ilegalmente. Y lo que fue una Villa amable, pacífica, ordenada y plena de valores, se convirtió en una población extraña, insegura y condenada a la regresión.
Sólo existe una solución para tratar de enmendar semejante caos urbanístico, social y económico, la creación de una Oficina Municipal de la Vivienda, con la venta de inmuebles a precios de viviendas sociales y crear una bolsa municipal de viviendas en arriendo, con alquileres sociales.
Mil ochocientas viviendas esperan vacías y en constante deterioro, unas construidas y otras en diferentes fases de construcción. Es hora de iniciar los trámites para establecer acuerdos con las entidades bancarias y de ahorro que son las actuales propietarias de este desbarajuste.
Una Oficina que tendría que contar con personas con experiencia en el sector, instruidas, con capacidad de negociación; no por los que teniendo toda la buena voluntad del mundo, carecen de los mínimos conocimientos y formación inmobiliaria y que llevara a cabo negociaciones con empresas y bancos, los cuales también se verían beneficiados.
La situación no permite una actuación lenta, pesada y extremadamente pausada y burocratizada, porque la situación se puede tornar en algo muy poco deseable.
Ocaña no puede estar sumida en un desesperante letargo, ni los ocañenses tan desprotegidos y abandonados. Muchos conocen la extremada gravedad social. Seguro que Ocaña volverá por sus fueros pero nada vendrá sin esfuerzo y una gran gestión municipal. Es posible que la Junta de Comunidades y la Diputación tengan que venir al rescate.
Un servidor de ustedes.




Excelente reportaje de Ocaña tal como fue,es y estamos en este momento, Nadie toma decisión al respecto